Un Psicólogo y un Apóstol describieron la misma lucha, sentirse Valiosos

Nos levantamos cada mañana con una lista de metas.

  1. Hacer bien nuestro trabajo.
  2. Ayudar a los demás. Mejorar en lo que hacemos.
  3. Dar ejemplo a quienes nos rodean.
  4. Etc

O conseguir ese reconocimiento que tanto deseamos en las redes con un guión que parezca que no parezca planificado pero que resalte la versión que quiero mostrar.

Y muchas veces, sin darnos cuenta, estamos buscando algo más: una prueba que nos demuestre que realmente valemos.

Tal vez no lo formulamos con palabras, pero nuestras acciones parecen gritarlo en el momento en el que actuamos como si nuestro valor dependiera de la próxima meta alcanzada, de los elogios después de haber ganado algún reconocimiento e incluso de ese pensamiento disfrazado de humildad en el que “digo que no soy bueno en algo, sabiendo que en el fondo que sí lo soy” solo para recibir una dosis de “claro si la haces bien, eres excepcional en eso que haces” 

Entonces podremos decirnos:

“ah, soy notado”

“realmente la gente reconoce que soy valioso”

“Mi opinión fue tomada en cuenta al fin”

“Las personas me escuchan porque tengo autoridad y saben que soy bueno en lo que hago porque ya lo he demostrado”

Pero quizá la verdad es más incómoda. No siempre estamos buscando la aprobación de otros. Posiblemente estamos intentando escapar del juicio y del veredicto que nosotros mismos nos hemos impuesto. Quizá esa sea una de las luchas más comunes que compartimos:

― “No solo queremos hacer cosas valiosas; necesitamos hacer cosas valiosas porque queremos que esas cosas nos digan que nosotros somos valiosos.  ―

Este artículo explora esa necesidad compartida a través de tres perspectivas: la del psicólogo Albert Ellis, la del pastor Timothy Keller y la del apóstol Pablo.

Cada uno pertenece a un contexto completamente diferente. Y, sin embargo, los tres nos ayudan a mirar una misma pregunta:

¿Qué ocurre cuando nuestra identidad depende de demostrar constantemente cuánto valemos?

Antes de continuar...

Este artículo no busca establecer una verdad absoluta, ni atacar ninguna circustancia o situacion. Tampoco pretende convencerte de nada. Nuestro objetivo siempre va a ser colocar a tu alcance informacion y datos reales para que puedas desarrollar criterio y tomar una decision que te ayude a salir del punto donde estas para ir al que deseas ir.

La idea inicialmente es compartir experiencias, puntos de vistas, pensamientos, reflexiones luego de leer libro interesante para nosotros para construir una visión más completa, honesta y fundamentada de el tema que trate el articulo

Albert Ellis: el peligro de convertirnos en una calificación

El psicólogo estadounidense Albert Ellis, fundador de la Terapia Racional Emotivo-Conductual, cuestionó una idea que parece intuitiva: que necesitamos construir una autoestima alta para sentirnos bien con nosotros mismos. Para Ellis, uno de los problemas aparece cuando dejamos de evaluar nuestros comportamientos y comenzamos a evaluarnos a nosotros mismos como personas completas.

No es lo mismo decir:

“Cometí un error”

que decir:

“Soy un fracaso.”

No es lo mismo:

“Esta persona no me aceptó.”

que:

“No soy digno de ser aceptado.”

En el primer caso estamos valorando algo que ocurrió. En el segundo, convertimos ese acontecimiento en un veredicto sobre nuestra identidad. Ellis defendió en su lugar la idea de la autoaceptación incondicional: reconocer nuestras capacidades y nuestras limitaciones sin convertir nuestros éxitos o fracasos en una calificación definitiva de nuestro valor como seres humanos.

Eso no elimina la responsabilidad. Elimina la necesidad de convertir cada fallo en un juicio total sobre nuestra identidad.

Keller encontró una paradoja todavía más incómoda

Décadas después, Timothy Keller retomó una pregunta parecida desde la perspectiva cristiana en The Freedom of Self-Forgetfulness.

Y encontró algo que contradice una intuición muy común. Pensamos que las personas arrogantes tienen demasiado ego y que las personas inseguras tienen poco.

Keller propone mirarlo de otra manera:

El ego puede estar inflado o desinflado y, en ambos casos, seguir siendo extremadamente frágil.

El problema, entonces, no sería solamente cuánto ego tenemos, sino cuánto espacio ocupa el “yo” dentro de nuestra atención.

Podemos verlo mejor así:

Ego inflado

“Necesito demostrar que soy mejor.”

– Busca admiración.
– Teme perder su posición.
– Se compara para sentirse superior.

Pregunta: “¿Cómo quedo frente a los demás?”

– El yo ocupa el centro.

Ego desinflado

“Necesito demostrar que no soy peor.

– Busca confirmación.
– Teme que descubran que no está a la altura.
– Se compara para confirmar su inferioridad.

Pregunta: “¿Qué dice esto sobre mí?”

El yo sigue ocupando el centro.

Las emociones son diferentes. Las conductas pueden ser diferentes. Pero ambas personas pueden estar extraordinariamente pendientes de sí mismas.

  • La primera necesita sentirse superior.
  • La segunda necesita comprobar constantemente que no es inferior.

En ambos casos, el yo permanece en el centro. Por eso Keller propone algo que parece extraño al principio: la solución no consiste simplemente en pensar más de nosotros mismos ni en pensar menos de nosotros mismos. Consiste en pensar menos en nosotros mismos.

No significa despreciarnos. Tampoco significa negar nuestra dignidad o dejar de cuidar nuestra vida. Significa dejar de convertir nuestra propia valoración en el proyecto alrededor del cual gira todo. Keller funciona aquí como un puente. Su reflexión sobre el ego pone en conversación el problema de la autoestima condicionada con una cuestión espiritual más profunda:

¿Qué pasaría si pudiéramos olvidarnos de nosotros mismos por un momento?

Tal vez una parte de nuestra libertad consiste precisamente en dejar de convertirnos constantemente en el tema principal de nuestra propia atención.

Pablo: cuando dejamos de ser nuestro propio juez

Y aquí ocurre algo que hace que esta conversación sea todavía más interesante. Keller encuentra esta dinámica en un texto escrito casi dos mil años antes.

En 1 Corintios 4, Pablo está hablando en un contexto marcado por comparaciones, divisiones y valoración de distintos líderes. En los capítulos anteriores, ha cuestionado la tendencia de los corintios a enorgullecerse de unos hombres frente a otros.

Entonces llega una frase que, leída hoy, resulta sorprendente.

Pablo dice:

“Yo en muy poco tengo el ser juzgado por vosotros, o por tribunal humano; y ni aun yo me juzgo a mí mismo.”
(1 Corintios 4:3)

Y continúa diciendo que, aunque su conciencia no lo acusa, eso tampoco constituye el veredicto definitivo:

“Porque aunque de nada tengo mala conciencia, no por eso soy justificado; pero el que me juzga es el Señor.”
(1 Corintios 4:4)

Pablo no está diciendo que no existan errores, tampoco está diciendo que nuestras acciones no importen. De hecho, habla de fidelidad y responsabilidad, entonces lo que está cuestionando es otra cosa:

― La idea de que nuestro valor y nuestra identidad tengan que quedar sometidos permanentemente al juicio de los demás o incluso al nuestro propio. ―

Eso es importante. Porque podemos vivir esperando constantemente una sentencia:

  • ¿Lo hice suficientemente bien?
  • ¿Qué pensarán de mí?
  • ¿Estoy a la altura?
  • ¿Soy realmente alguien?


Pablo introduce otra referencia.
No el tribunal de los demás. No el tribunal de nuestro ego.

El Señor, Jesuscristo

Y esta es precisamente la conexión que Keller desarrolla a partir del pasaje: una identidad que ya no necesita estar fabricándose todos los días delante de los demás ni delante de nosotros mismos.

Vivir en un proyecto permanente.

No son tres teorías idénticas. Tampoco sería correcto decir que Ellis y Pablo estaban enseñando lo mismo, pero resulta difícil no percibir un punto en común: los tres cuestionan la idea de que nuestro valor tenga que demostrarse o decidirse constantemente a partir de nuestro desempeño, la opinión de otros o nuestro propio juicio.

―  Construir nuestra identidad en nuestro desempeño nos mantiene en un estado de proyecto permanente 

Mejorar la imagen, mejorar el currículum, mejorar las habilidades, mejorar la productividad, mejorar la presencia en redes, mejorar la economía, mejorar el cuerpo.

Y nada de eso es necesariamente malo. El problema aparece cuando cada mejora tiene que cumplir una segunda función:

“Demostrar que somos alguien”.

Vivir demostrando que somos alguien nos mantiene en modo proyecto permanente, evaluando, preguntando, analizando y siempre necesitando una nueva demostración.

El veredicto está dado, antes de la actuación.

Normalmente pensamos que la vida funciona así.

Actúas  →

te evalúan  →

recibes veredicto  →

sabes tu valor

Keller invierte esto usando el pasaje de Corintios: para alguien que descansa en la gracia, el veredicto —“eres amado, eres valioso, eres importante”— llegó antes de tus roles, tu desempeño o tus logros; antes de sentirte útil, antes de la actuación, no después.

“No vives actuando de una manera para obtener el veredicto; estás actuando desde un veredicto que ya tienes”.

Eso no significa que todo lo que hagamos sea bueno, ni que no necesitemos crecer, corregir, pedir perdón o asumir responsabilidad. Significa que nuestras acciones ya no tienen que cargar con la tarea imposible de decirnos cuánto valemos. Y esa diferencia puede cambiar la manera en que trabajamos.

Somos amados, somos valiosos, somos importantes. Y ese es el veredicto que nos permite vivir plenamente, marcando una gran diferencia en la manera en que servimos, enfrentamos el fracaso e incluso recibimos el éxito.

No necesitamos demostrar que somos alguien todo el tiempo

― Reflexiona en esto 

Ellis nos recuerda que nuestros errores no tienen por qué convertirse en una condena global sobre quienes somos. Keller nos recuerda que tanto la superioridad como la inferioridad pueden mantenernos atrapados en una preocupación constante por el yo.

Y Pablo nos presenta una libertad difícil de imaginar:

“No vivir bajo la necesidad permanente de que otros —ni siquiera nosotros mismos— nos entreguen el veredicto definitivo sobre nuestro valor.”

Quizá esa sea la verdadera pregunta.

–  No ¿cuánto hemos conseguido?

–  No ¿cuántas personas nos admiran?

–  No ¿qué tan alto estamos en comparación con los demás?

Sino si finalmente podemos dejar de vivir como candidatos que necesitan demostrar, una y otra vez, que merecen estar aquí. Porque tal vez el verdadero descanso comienza cuando dejamos de preguntarnos constantemente:

“¿Soy alguien?”

Y empezamos a vivir desde una identidad que ya no necesita responder esa pregunta todos los días. Sino una identidad que esta sobre una roca segura e inmutable

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