cuidado con sabotera tu soltería...

Seguramente alguna vez escuchaste algo parecido a esto:

― Algún día vas a encontrar al amor de tu vida. (Siendo adolescente.)

― Algún día vas a encontrar al amor de tu vida. (Siendo adulto.)

― Algún día vas a encontrar al amor de tu vida. (Siendo adulto mayor.)

― Algún día vas a encontrar al amor de tu vida. (Siendo un anciano o anciana… con gatos.)

La frase nunca cambia. Solo cambia la edad en la que la repetimos.

Y en algún momento, sin proponérnoslo, empezamos a decírnosla nosotros mismos. Aparecen pensamientos que casi nunca decimos en voz alta: “no tengo suerte en el amor”, “el amor no existe”, “algo debe estar mal conmigo”. Son pensamientos pequeños. Pero se repiten tanto que terminan sonando a verdad.

Y ahí, casi sin darnos cuenta, pasa algo importante: 

“La soltería deja de ser una etapa de nuestra historia y se convierte en una sala de espera.”

Y una sala de espera tiene algo particular: no estamos ahí para quedarnos. Estamos ahí porque esperamos que ocurra algo que nos permita seguir con nuestra vida.

Cuando sentimos que estamos esperando que alguien llegue, empezamos a mirar el presente como algo provisional. Pensamos que algunas cosas tendrán más sentido después: viajar cuando tengamos pareja, disfrutar más cuando tengamos con quién compartirlo, sentirnos completos cuando alguien nos elija.

Y cuanto más urgente se vuelve esa espera, más fácil resulta tomar decisiones desde la necesidad.

Podemos idealizar personas que apenas conocemos, confundir atención con compatibilidad o aceptar relaciones que no nos hacen bien solo porque no queremos volver a estar solos.

Pero aquí hay una distinción que vale la pena hacer. Estar a solas no es lo mismo que sentirse solo o sola.

Podemos estar físicamente solos y sentirnos profundamente acompañados, conectados con amigos, familia, comunidad y con Dios. Y también podemos estar rodeados de personas y, aun así, experimentar una profunda soledad.

Por eso, el problema no es simplemente que estemos solos, ni que deseemos una relación. La pregunta es otra:

― ¿Qué ocurre cuando ese deseo ocupa tanto espacio que empezamos a vivir como si nuestra vida estuviera esperando comenzar? ―

Ahí es donde podemos empezar a sabotear, sin darnos cuenta, una etapa que también forma parte de nuestra historia. Revisemos algunos comportamientos o actitudes que nos dan una señal clara de sabotaje y conflicto con nosotros.

Antes de continuar...

Este artículo no busca establecer una verdad absoluta, ni atacar ninguna circustancia o situacion. Tampoco pretende convencerte de nada. Nuestro objetivo siempre va a ser colocar a tu alcance informacion y datos reales para que puedas desarrollar criterio y tomar una decision que te ayude a salir del punto donde estas para ir al que deseas ir.

La idea inicialmente es compartir experiencias, puntos de vistas, pensamientos y reflexiones que tenemos luego de leer libro interesante para nosotros para de esta fomra construir una visión más completa, honesta y fundamentada del tema que trate el articulo que te compartimos.

La evaluación silenciosa

Hay personas que dicen disfrutar su soltería, pero cada salida, cada reunión, cada conversación termina convirtiéndose en una evaluación silenciosa:

– ¿Será él?
– ¿Será ella?
– ¿Tendrá potencial?
– ¿Me conviene?

Conocer a alguien deja de ser simplemente conocer a alguien. Cada interacción empieza a sentirse como una audición para el papel de “posible pareja”. Es justo lo que la consejera cristiana Debra Fileta describe en su libro True Love Dates: cuando cada cita se convierte en una entrevista para decidir si alguien califica, dejamos de relacionarnos con una persona real y empezamos a evaluar un candidato.

El problema no está en querer enamorarnos, sino en convertir esa búsqueda en el filtro con el que miramos todo lo que ocurre a nuestro alrededor. Cuando cada persona nueva es una posibilidad romántica, dejamos de estar presentes en nuestra propia vida.

A esto se suma algo que casi nadie nombra: vivimos en una época donde demostrar se volvió normal: demostrar que somos valiosos, que tenemos cualidades intelectuales, pero también físicas. Las redes sociales alimentan esta dinámica —construimos una versión de nosotros que parece espontánea, aunque en el fondo fue pensada para llamar la atención de alguien.

“Una relación sana no comienza cuando logramos convencer a alguien de que somos suficientes.”

Comienza cuando podemos relacionarnos con otra persona sin necesitar que su interés confirme nuestro valor. Y para quien cree, ese valor ya fue puesto ahí por Dios —no depende de que alguien más lo confirme.

Estar a la orden, PeRo en Desorden

Queremos a alguien honesto, pero ¿somos honestos?

Queremos madurez emocional, pero ¿sabemos gestionar lo que sentimos?

Queremos que ame a Dios, que tenga metas, que sea responsable, afectuoso, educado y estable. Nada de eso está mal.

El problema aparece cuando nuestra lista de requisitos crece mucho más rápido que nuestra disposición a preguntarnos qué tenemos nosotros para ofrecer. Tener estándares no significa buscar a alguien perfecto. Significa aprender a reconocer qué tipo de relación queremos construir —y, al mismo tiempo, revisar quiénes estamos siendo dentro de ella. Es la misma idea que desarrollan los psicólogos cristianos Henry Cloud y John Townsend en Límites en el noviazgo: los límites sanos no solo sirven para decidir qué aceptamos del otro, sino también para examinar qué estamos ofreciendo nosotros.

La pregunta entonces cambia. Ya no es solo “¿qué espero encontrar?”, sino también “¿qué estoy dispuesto a ofrecer?”.

“El amor no puede convertirse en una lista de exigencias que esperamos que otra persona cumpla.”

Y, sin embargo, nosotros quedamos fuera de esa revisión. No podemos pasar la vida queriendo poner en orden la vida de los demás, cuando no estamos dispuestos a ordenar la nuestra.

vivir como si todo lo que hacemos fuera preparación

Estudiamos. Trabajamos. Hacemos ejercicio. Ahorramos. Crecemos. Nos esforzamos por convertirnos en una mejor versión de nosotros mismos. Todo eso puede ser bueno.

Pero hay una trampa: empezar a vivir como si todo lo que hacemos fuera preparación para el día en que por fin tengamos pareja. Entonces pensamos: cuando esté en una relación, disfrutaré más; cuando me case, viajaré; cuando tenga con quién compartirlo, mi vida tendrá sentido. Y sin darnos cuenta, el presente se convierte en un ensayo —algo que hacemos mientras esperamos que empiece lo verdadero.

Aquí resuena la idea del autor cristiano Marshall Segal: en su libro Soltero por ahora plantea que la soltería no tiene por qué entenderse como una parada provisional antes de llegar a la “verdadera” vida. Puede ser una vida completa, con vínculos, propósito, intimidad, comunidad y crecimiento.

“Deja de pensar que la vida comienza cuando estás en una relación de noviazgo o matrimonio. La vida ya está ocurriendo. Y nuestra primera relación no es con una pareja, sino con Dios.”

Una relación y comunión con Dios no te prepara para una vida —Él es la vida, y ahí está la diferencia.

Esa diferencia cambia la forma de mirar la soltería: deja de ser una espera ansiosa y se convierte en una etapa que también forma parte del camino.

Cuando UNA pregunta empieza a decirte Quién ERes

“¿Y todavía estás soltera?” “Ya está bueno de vivir en esta etapa.” “Se te pasó el tren.” “¿Cómo es que nunca has tenido novio?” Algunas frases se dicen en broma. Otras, con preocupación genuina. Otras, simplemente porque forman parte de la conversación. Pero pueden pesar cuando empezamos a creerlas.

El problema no siempre está en la etiqueta que alguien pone sobre nosotros. Está en lo que hacemos con ella. Si cada pregunta sobre nuestra vida sentimental termina activando la sensación de que estamos atrasados, incompletos o menos valiosos, la presión externa ya se convirtió en una voz interna.

Las redes sociales tampoco ayudan: compromisos, bodas, aniversarios, viajes en pareja, familias aparentemente perfectas. Es fácil comparar nuestra vida real con el momento más cuidado de la vida de otra persona —y perder esa comparación siempre, porque nunca fue justa.

“Nuestra identidad no puede depender de nuestro estado civil.”

Nuestra identidad va más allá de lo que otros opinan de ti, de lo que la soledad te dice al oído, de lo que miras en el espejo o de las etapas “que se supone que deberías estar viviendo”. La identidad no es una meta a la cual debes llegar.

Podría dejarte en este artículo muchos versículos que hablan de lo que sí eres en Jesús, pero creo que también es necesario que cambies el hábito de mirarte en el espejo equivocado: el espejo de las redes y de cómo se supone que deberías estar viviendo ahora; el espejo de la soledad, de la historia de otros y de las expectativas ajenas.

Quiero compartirte solo este breve pasaje: 2 Corintios 3:18. Y quiero pedirte que, honestamente, antes de pensar: “Ay, no, ya viene con esto…”, lo busques y lo leas. Porque cambiar hábitos y pensamientos también requiere de nuestra intención: buscar, leer y reflexionar.

Me gusta cómo lo explica Pablo y, a la vez, el comentario que E. W. Kenyon hace sobre este versículo: “Cuando miras a Jesús, te miras en un espejo, no en un telescopio o en un vitral distante”.

La identidad que Dios te da no viene fragmentada por partes ni como un premio que recibes a medida que avanzas por las diferentes fases de tu vida. 

No es autoayuda ni poder interior. Es tu yo en Cristo siendo uno. Es una posición, y esa posición no se pone en pausa cuando fracasas, cuando estás sin pareja o cuando las cosas no están saliendo como las planificaste en tu cabeza.

Si no te miras en ese espejo con frecuencia, fácilmente lo olvidarás y dejarás que, nuevamente, esos pensamientos de soledad ocupen el espacio que le corresponde a Dios y a su verdad en tu vida.

PaRa Pensar

Antes de seguir, tal vez valga la pena hacer una pausa:

― ¿En qué áreas de mi vida estoy “esperando” en lugar de vivir?

― Si nadie más llegara a mi vida en los próximos años, ¿qué de lo que quiero hacer dejaría de intentar?

― ¿De dónde estoy sacando hoy mi sentido de valor e identidad?

La vida no comienza Cuando LLega ALGUien

Quizá el mayor autosabotaje no sea estar demasiado pendientes de encontrar a alguien. Quizá sea vivir convencidos de que, cuando esa persona llegue, por fin comenzará la vida que realmente queremos vivir.

Podemos desear una relación y, al mismo tiempo, negarnos a convertirla en el centro de nuestra identidad. Podemos tener estándares sin exigir perfección. Podemos prepararnos para amar sin tratar el presente como un ensayo. Y podemos escuchar preguntas incómodas sin permitir que otras personas definan nuestro valor.

La soltería no es tu identidad y puede ser una etapa de crecimiento, descubrimiento, servicio, amistad, propósito y comunión con Dios. No porque tengamos que romantizarla, ni porque debamos fingir que nunca deseamos compañía —sino porque nuestra vida ya tiene valor antes de que llegue una pareja.

La pregunta quizá ya no sea “¿cuándo voy a encontrar a alguien?”. Tal vez sea: “¿qué estoy haciendo con la vida que ya tengo?”. Porque el amor puede llegar o no llegar cuando nosotros esperamos. Pero la vida no debería quedarse esperando.

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